Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

martes, 26 de julio de 2016

JMJ 2016 (5)Juan Pablo II: La juventud como «crecimiento»


“Permitidme que termine esta parte de mis consideraciones recordando las palabras con las que el Evangelio habla de la juventud misma de Jesús de Nazaret. Éstas son breves, aunque abarcan el período de treinta años transcurridos por Él en el hogar familiar, al lado de María y José, el carpintero. El evangelista Lucas escribe: «Jesús crecía (o progresaba) en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52).
Así pues, la juventud es un «crecimiento». A la luz de todo lo que se ha dicho hasta ahora sobre este tema, tal palabra evangélica parece ser particularmente sintética y sugestiva. El crecimiento «en edad» se refiere a la relación natural del hombre con el tiempo; este crecimiento es como una etapa «ascendente» en el conjunto del pasar humano. A este corresponde todo el desarrollo psicofísico; es el crecimiento de todas las energías, por medio de las cuales se constituyela normal individualidad. Pero es necesario que a este proceso corresponda el crecimiento «en sabiduría y en gracia».
A todos vosotros, queridos jóvenes amigos, deseo precisamente tal «crecimiento». Puede decirse que por medio de éste la juventud es precisamente la juventud. De este modo ella adquiere su característica propia e irrepetible. De este modo ella llega a cada uno y a cada una de vosotros, en la experiencia personal y a la vez comunitaria, como un valor especial. Y de manera parecida, ella se consolida también en la experiencia de los hombres adultos, que ya tienen la juventud detrás de sí, y que de la etapa «ascendente» van pasando a la «descendente» haciendo el balance global de la vida.
Conviene que la juventud sea un «crecimiento» que lleve consigo la acumulación gradual de todo lo que es verdadero, bueno y bello, incluso cuando ella esté unida «desde fuera» a los sufrimientos, a la pérdida de personas queridas y a toda la experiencia del mal, que incesantemente se hace sentir en el mundo en que vivimos.
Es necesario que la juventud sea un «crecimiento». Para ello es de enorme importancia el contacto con el mundo visible, con la naturaleza. Esta relación nos enriquece durante la juventud de modo distinto al de la ciencia sobre el mundo «sacada de los libros». Non enriquece de manera directa. Se podría decir que, permaneciendo en contacto con la naturaleza, nosotros asumimos en nuestra existencia humana el misterio mismo de la creación, que se abre ante nosotros con inaudita riqueza y variedad de seres visibles y al mismo tiempo invita constantemente hacia lo que está escondido, que es invisible. La sabiduría –ya sea por boca de los libros inspirados (cf. por ej. Sal 104 [103]; 19 [18]; Sab13, 1-9; 7. 15-20) como por el testimonio de muchas mentes geniales– parece poner en evidencia de diversos modos «la transparencia del mundo». Es bueno para el hombre leer en este libro admirable, que es el «libro de naturaleza», abierto de par en par para cada uno de nosotros. Lo que una mente joven y un corazón joven leen en él parece estarsincronizado profundamente con la exhortación a la Sabiduría: «Adquiere la sabiduría, compra la inteligencia... No la abandones y te guardará; ámala y ella te custodiará» (Prov 4, 5 s.).
El hombre actual, especialmente en el ámbito de la civilización técnica e industrial altamente desarrollada, ha llegado a ser en gran escala el explorador de la naturaleza, tratándola no pocas veces de manera utilitaria, destruyendo así muchas de sus riquezas y atractivos y contaminando el ambiente natural de su existencia terrena. La naturaleza, en cambio, ha sido dada al hombre como objeto de admiración y contemplación, como un gran espejo del mundo. Se refleja en ella la alianza del Creador con su criatura, cuyo centro ya desde el principio se encuentra en el hombre, creado directamente «a imagen» de su Creador.
Por esto deseo también a vosotros, jóvenes, que vuestro crecimiento «en edad y sabiduría» tenga 1ugar mediante el contacto con la naturaleza. ¡Buscad tiempo para ello! ¡No lo escatiméis! Aceptad también la fatiga y el esfuerzo que este contacto supone a veces, especialmente cuando deseamos alcanzar objetivos particularmente importantes. Esta fatiga es creativa, y constituye a la vez el elemento de un sano descanso que es necesario, igual que el estudio y el trabajo.
Esta fatiga y este esfuerzo poseen también su calificación bíblica, especialmente en San Pablo, que compara toda la vida cristiana a una competición en el estadio deportivo (Cf. 1Cor 9, 24-27).
A cada una y a cada uno de vosotros son necesarios esta fatiga y este esfuerzo, en los que no sólo se templa el cuerpo, sino que el hombre entero prueba el gozo de dominarse y de superar los obstáculos y resistencias. Ciertamente, éste es uno de los elementos del «crecimiento» que caracteriza a la juventud.
Os deseo, también, que este «crecimiento» tenga lugar a través del contacto con las obras del hombre y, más aún, con los hombres vivos. ¡Cuántas son las obras que los hombres han realizado en la historia! ¡Cuán grande es su riqueza y variedad! La juventud parece ser particularmente sensible a la verdad, al bien y a la belleza, que están contenidas en las obras del hombre. Permaneciendo en contacto con ellas en el terreno de tantas culturas diversas, de tantas artes y ciencias, nosotros aprendemos la verdad sobre el hombre (expresada tan sugestivamente también en el Salmo 8), la verdad que es capaz de formar y de profundizar la humanidad de cada uno de nosotros.
De manera particular, sin embargo, estudiamos al hombre teniendo relaciones con los hombres. Conviene que la juventud os permita crecer «en sabiduría» mediante este contacto. Éste es, en efecto, el tiempo en que se establecen nuevos contactos, compañías y amistades, en un ámbito más amplio que el de la familia. Se abre el gran campo de la experiencia, que posee no sólo una importancia cognoscitiva, sino al mismo tiempo educativa y ética. Toda esta experiencia de la juventud será útil, cuando produzca en cada uno y cada una de vosotros también el sentido crítico y, ante todo, la capacidad de discernimiento en todo aquello que es humano. Feliz será esta experiencia de la juventud, si gradualmente aprendéis de ella aquella esencial verdad sobre el hombre –sobre cada hombre y sobre uno mismo– la verdad que es sintetizada así en el insigne texto de la Constitución pastoral Gaudium et spes: «El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás» (Gaudium et spes, 24).
Así aprendemos a conocer a los hombres para ser más plenamente hombres mediante la capacidad de «darse», de serhombre «para los demás». Esta verdad sobre el hombre –esta antropología– encuentra su culmen inalcanzable en Jesús de Nazaret. Por esto es tan importante también su adolescencia, mientras «crecía en sabiduría... y gracia ante Dios y ante los hombres».
Os deseo este «crecimiento» mediante el contacto con Dios. Puede ayudar para ello –indirectamente– también el contacto con la naturaleza y con los hombres; pero de modo directo ayuda en ello especialmente la oración. ¡Orad y aprended a orar! Abrid vuestros corazones y vuestras conciencias ante Aquél que os conoce mejor que vosotros mismos. ¡Hablad con Él! Profundizad en la Palabra del Dios vivo, leyendo y meditando la Sagrada Escritura.
Estos son los métodos y medios para acercarse a Dios y tener contacto con Él. Recordad que se trata de una relación recíproca. Dios responde también con la más «gratuita entrega de sí mismo», don que en el lenguaje bíblico se llama «gracia». ¡Tratad de vivir en gracia de Dios!

Esto por lo que se refiere al tema del «crecimiento», del que escribo señalando solamente los principales problemas; cada uno de ellos es susceptible de una discusión más amplia. Espero que esto tenga lugar en los diversos ambientes juveniles y grupos, en los movimientos y en las organizaciones, que son tan numerosas en los distintos países y en cada continente, mientras cada uno es guiado por su propio método de trabajo espiritual y de apostolado. Estos organismos, con la participación de los Pastores de la Iglesia, desean indicar a los jóvenes el camino de aquel «crecimiento» que constituye, en cierto sentido, la definición evangélica de la juventud.”