Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

lunes, 10 de agosto de 2009

¿Qué es el sacerdote? ¿Qué es el sacerdocio? Testimonio de Juan Pablo II


…“El sacerdocio es una vocación.

Nadie se arroga esta dignidad, sino sólo el llamado por Dios. Lo pone muy bien de manifiesto el autor de la carta a los Hebreos cuando afirma que la vocación divina al sacerdocio no se refiere sólo a los sacerdotes del Antiguo Testamento sino, ante todo, a Cristo mismo, el Hijo consustancial con el Padre, instituido sacerdote según el rito de Melquisedec, único sacerdote para siempre de la nueva y eterna alianza. En esta vocación del Hijo al sacerdocio se expresa una dimensión del misterio trinitario.
Al mismo tiempo, el sacerdocio de Cristo constituye una consecuencia de la Encarnación. Al nacer de María, el Hijo eterno y unigénito de Dios entra en el orden de la creación. Se convierte en sacerdote, el único sacerdote y, por esta razón, quienes tienen el sacerdocio sacramental en la Iglesia de la nueva alianza, participan en su único sacerdocio.
El sacerdocio es un don. Dice la Biblia: "Nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios" (Hb 5, 4).

El sacerdocio es punto clave de toda la vida y misión de la Iglesia.
El sacerdocio es un misterio, que supera al hombre. Ante esta realidad es necesario repetir con san Pablo: "Son insondables sus designios e inescrutables los caminos de Dios"
(cf. Rin 11, 33)”.


El 1ro de noviembre de 1995 Juan Pablo II comenzaba el quincuagésimo año de su sacerdocio y continuando sus meditaciones en un festival durante el cual se escucharon diversos testimonios acerca del sacerdocio, a treinta años de la promulgacion del decreto del Concilio Vaticano II Presbyterorum Ordinis Juan Pablo II resumia brevemente el origen de su propia vocacion:

“Pensando en la historia de mi vocación, debo confesar que fue una vocación adulta, aunque, en cierto sentido, anunciada en el período de mi adolescencia. Después del examen final en el instituto de Wadowice, en 1938 comencé a estudiar filología polaca en la Universidad Jaguelónica de Cracovia, lo cual respondía a mis intereses y predilecciones de entonces. Pero esos estudios fueron interrumpidos por la segunda guerra mundial, en septiembre de 1939. Desde septiembre de 1940 comencé a trabajar, primero en una cantera de piedra y después en la fábrica Solvay. Precisamente en esa difícil situación maduró en mí la vocación sacerdotal. Maduró entre los sufrimientos de mi nación; maduró en el trabajo físico, entre los obreros; inauguró también gracias a la dirección espiritual de varios sacerdotes, especialmente de mi confesor. En octubre de 1942 me presenté en el seminario mayor de Cracovia y fui admitido. Desde ese momento, aunque seguí trabajando como obrero en la fábrica Solvay, me convertí en estudiante clandestino de la facultad de teología en la Universidad Jaguelónica, y en alumno del seminario mayor de Cracovia. Recibí la ordenación sacerdotal el 1 de noviembre de 1946 de manos del cardenal Adam Stefan Sapieha, en su capilla privada.
4. El sacerdote es el hombre de la Eucaristía. En el arco de casi cincuenta años de sacerdocio, la celebración de la Eucaristía sigue siendo para mí el momento más importante y más sagrado. Tengo plena conciencia de celebrar en el altar in persona Christi. Jamás en el curso de estos años, he dejado la celebración del santísimo sacrificio. Si esto sucedió alguna vez, fue sólo por motivos independientes de mi voluntad. La santa misa es de modo absoluto el centro de mi vida y de toda mi jornada. Ella se encuentra en el centro de la teología del sacerdocio, una teología que he aprendido no tanto de los libros de texto, cuanto de modelos vivos de santos sacerdotes. Ante todo, del santo párroco de Ars, Juan María Vianney. Todavía hoy me acuerdo de la biografía escrita por el padre Trochu, que literalmente me conmovió. Nombro al párroco de Ars, pero no es el único modelo de sacerdote que me ha impresionado. Ha habido muchos otros santos sacerdotes a los que he admirado, habiéndolos conocido tanto a través de sus hagiografías como personalmente, porque son contemporáneos. Los miraba y aprendía de ellos el significado del sacerdocio, como vocación y ministerio.
5. El sacerdote es hombre de oración. "Os alimento con lo que yo mismo vivo", decía san Anselmo. Las verdades anunciadas deben descubrirse y hacerse propias en la intimidad de la oración y de la meditación. Nuestro ministerio de la palabra consiste en manifestar lo que primero ha sido preparado en la oración.
Sin embargo, no es ésta la única dimensión de la oración sacerdotal


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