Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

sábado, 19 de octubre de 2013

Jerzy Popieluszko: “Hacer justicia y exigir justicia un deber de todos”




Hoy Polonia recuerda a su mártir Beato Jerzy Popieluszko, secuestrado y asesinado el 19 de octubre de 1984, y su cuerpo descubierto el 30 de octubre. Su fiesta litúrgica se celebra en la fecha aniversario de su secuestro en Przysiek, cerca de Torun, por oficiales del servicio de seguridad polaco. Golpeado y maniatado fue finalmente arrojado al rio Vístula, cerca de la represa de Włocławek.   

Jerzy Popieluszko fue beatificado en la Plaza Pilsudski de Varsovia el domingo 6 de junio de 2010 en una ceremonia presidida por el Prefecto para las Causas de los Santos, cardenal Angelo Amato, en representación del Santo Padre Benedicto XVI.

La beatificación de Popieluszko fue a la vez signo y símbolo, un reconocimiento de la Iglesia no solo de un hombre sino de la fuerza de un pueblo que debió afrontar tantas penurias por defender su libertad de pensamiento y de credo.  Es verdad que el régimen comunista comenzó a resquebrajarse visiblemente en los comienzos de los´80 pero Polonia aún debió afrontar duras pruebas antes de lograr que se hiciera justicia. A mediados de los ´80  comenzaron las huelgas y rebeliones de obreros, que ya no estaban dispuestos a aceptar tanto autoritarismo;  hacia fines de año Sindicato Solidarnosc contaba ya con más de 9 millones de miembros.    Lech Walesa, su líder máximo al frente de  una delegación del sindicato, fueron recibidos en Audiencia por el Papa Juan Pablo II el 15 de enero de 1981, pero el año 1981 fue aun una dura prueba para los polacos y en diciembre el Papa Juan Pablo II en sus Ángelus pedía oración por su patria Polonia.


De las Misas por la patria del padre Popieluszko rescato un trozo de la homilía (dura, fuerte, exigente y sincera) en la Misa por la patria de junio de 1984 (del libro El camino de mi cruz), palabras que en gran parte son de absoluto valor y actualidad aún hoy en muchos países  (incluida la Argentina).
“Un hombre justo es aquel a quien guían la verdad y el amor. Pues cuanta más verdad y cuanto más amor hay en el hombre, más justicia hay. La justicia va de la mano con el amor: sin amor no se puede ser plenamente justo. Donde el amor y el bien están ausentes, ocupan el lugar el odio y la violencia. Jamás es justo quien se deja guiar por el odio y la violencia. En los países donde el poder no se sustenta sobre el deber y el amor, sino sobre la violencia y la compulsión, la injusticia se hace sentir en forma particularmente dolorosa. La justicia fundada en el amor es la condición de la paz, en nuestras conciencias, en la familia, en la patria y en el mundo entero. Todos, sin excepción, deseamos la paz. Pero es imposible mantener la paz sólo mediante palabras, aunque sean sinceras, por no mencionar las palabras demagógicas. En consecuencia para que en este país haya paz y calma, para crear las condiciones de una vida feliz y decorosa en nuestra comunidad, es necesario ante todo eliminar todo lo que la Nación siente como injusticia social. Existen demasiado prejuicios personales y sociales debidos a que la justicia no va de la mano con el amor, a que la justicia desfallece, e incluso llega a ser una flagrante injusticia, ni más ni menos.
Examinemos algunas de las manifestaciones más escandalosas y más evidentes de esa injusticia. Para un cristiano, es esencial tener conciencia de que Dios es la fuente misma de la justicia. En consecuencia, se torna difícil hablar de justicia allí donde no se respeta a Dios ni a sus mandamientos. La justicia misma es la que nos obliga a tomar conciencia de esa pena y ese sufrimiento infligidos a nuestra Nación, de mayoría cristiana, cuando tratan de convertirla en atea por obligación, y con medios financieros provistos también por los cristianos.
La justicia prohíbe destruir en las almas de los niños y los jóvenes los valores cristianos enseñados por los padres, valores ratificados a lo largo de nuestra historia. Hacer justicia y exigir que se haga justicia es el deber de todos: ya Platón decía: “Malos tiempos son aquellos en que la justicia calla”. La justicia para con uno mismo obliga a filtrar honestamente, a través de la propia razón y la propia observación, toda esa avalancha de palabras impulsadas por la “máquina de propaganda”. La justicia nos obliga a comportarnos siempre, frente al prójimo, con buena voluntad y con amor: creado a imagen de Dios el hombre es por ese hecho, a juicio de Dios, el valor supremo. En el ejercicio de la justicia el amor al hombre debe desempeñar siempre el papel principal.
La justicia prohíbe limitar la libertad del hombre mediante leyes y decretos cada vez más numerosos y más cómodos para el poder. Sería útil recordar a todos los que declaran actuar en hombre del humanismo y el bien de la sociedad las palabras de un sabio que dijo: “Cuanto más limitadas se encuentran las libertades de los ciudadanos, menos humano es el régimen”. La justicia y el derecho a la verdad nos impulsan a reclamar aquí que se ponga fin a los abusos de la censura, que ha puesto manos a la tarea de preparar un deficiente testimonio de nuestra época e impide hoy conocer la verdad.”

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Y el sitio oficial (en inglés y polaco) del Santuario en honor al Beato Jerzy Popieluszko en Varsovia, donde cada último domingo de mes se sigue celebrando la Misa por la patria. 

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