Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

jueves, 26 de abril de 2012

Karol Wojtyla nos revela al “apóstol” Jan Tyranowski (2 de 4)



“Pero era realmente necesario aceptar a Jan antes de aceptar lo que nos estaba transmitiendo? Jan sencillamente proclamaba la verdad acerca de la totalidad de la vida sobrenatural del hombre, que no es otra cosa que el cumplimiento de las riquezas de nuestra Fe.  Estas verdades  eran bien conocidas del catecismo, de libros, de sermones.  Es que Jan realmente  proclamaba algo nuevo?  Es justamente esto lo que Jan no hacía, no enseñaba, oficialmente.  Jan sencillamente cosechaba almas en el verdadero sentido de la palabra.   El quería que estas almas aceptaran las verdades de la religión de una manera fresca, nueva, no como prohibiciones o limitaciones.  El quería extraer de las bondades sobrenaturales que el sabia albergaban todas las almas, la forma real de la vida sobrenatural del hombre; una vida que por medio de la gracia de Dios, se hace participe en la vida de Dios.

Esa era la dificultad de su particular intento.  Imaginen,  en la medida de lo posible,  a estos jóvenes que juzgaban a Jan con escepticismo,   poseedores de un sentimiento superlativo de su autosuficiencia y arrogancia típica de su edad.  Y cada uno de ellos preguntaba: que quiere este hombre de mi?  Qué es lo que cree que me falta a mi?  Porque habían captado rápidamente que Jan exigía algo de ellos, de sus vidas, de sus convicciones, sus emociones, sus actitudes.  En primera instancia no era fácil determinar qué era lo que en realidad exigía. La verdad de una vida nueva, más plena, una verdad que Jan ya poseía y que les era totalmente desconocida.      No era cuestión de discursos o conferencias, de aprender algo nuevo, sino de reformar su vida y sus actitudes – una vida, que hasta entonces, les parecía bastante buena, virtualmente perfecta, inviolable, impermeable a influencias externas, especialmente ante  intento de la influencia de un hombre exageradamente piadoso y anciano. Cada uno de nosotros desafiábamos tenazmente la verdad de las palabras de Jan y nos resistíamos ante sus observaciones apuntaran a donde apuntasen ya fuera a la razón, emociones o otras fuentes.  Fue un duro y largo esfuerzo ,  durante el cual los procesos de la Gracia se activaron en estas almas jóvenes y  se fueron  complementando a través del contacto con la vida interior de este hombre bueno y sencillo. Su vida interior era como un ancla mas allá de sus palabras;  explicaba sus acciones, nos atraía a él a pesar de nuestras reservas y resistencia. Sus palabras a menudo nos ofendían, no porque fuesen inapropiadas, sino porque eran tan poco originales, porque nuestra auto estima se sentía lastimada por la magnitud del  abismo que separaba su vida interior de la  nuestra. El nos mostro a Dios mucho mas directamente que cualquier sermón o libros; el nos demostró que Dios no solamente podía ser estudiado, sino vivido. Pero ante todo, nos sorprendía con hechos. Indudablemente existe una gran diferencia entre lo que es proclamado por un apóstol y lo que es proclamado por cualquier otra persona. Ante todo hay una diferencia en la actitud y la receptividad del que escucha.  El apóstol debe  estar – y está preocupado por al menos un incipiente cambio en el que escucha.  Y este cambio no es consecuencia de  argumentos razonados, sino  el resultado de la Gracia que trasciende meras  palabras.  Y cuanto más difícil es convencer cuando el resultado deseado no es solamente la aceptación de la verdad, sino también el cambio del propio ego, que trasciende el yo.

Eso era lo que había de especial en Jan;  te hacía sentir que este hombre trascendía los procesos de gracia.    Reitero: nos sorprendía con el hecho consumado.  No obstante toda la resistencia, reservas o prejuicios ante sus palabras, la forma en que se expresaba,  los pensamientos que escribía sobre la vida interior (que en realidad consistían en copiar pasajes de libros sobre espiritualidad)  despertaba cierta necesidad de ceder a su verdad interior e imitar la vida que el mismo vivía y de la cual era apóstol.  Un teólogo podría objetar que tales conclusiones no son apropiadas  en cuanto que una influencia apostólica puede surtirse de carismas, de gracia gratuitamente otorgada por Dios, que en sí mismas aun no nos dicen nada acerca de la santidad de una persona en particular.   Pero el apostolado de Jan no estaba destinado a las masas.  Jan hacia su labor ante todo por medio de conversaciones individuales  y consultas, cuando no brindaba charlas, cuando no enseñaba, sino que todo lo alcanzó por medio de la gravedad que poseía su vida interior.”


(traducido de The Making of the Pope of the Millenium – Kalendarium of the Life of Karol Wojtyla,  de Adam Boniecki, MIC (Marian Press, 2000). El original en polaco fue publicado en 1983;  la traducción al  inglés -  ampliada y revisada -   en el 2000,  fue dedicada al Papa Juan Pablo  II al cumplir 80 años.  “El apóstol”, un articulo sobre Jan Tyranowski,  segundo ensayo de  Karol Wojtyla, contiene datos autobiográficos y  fue  publicado en Tygodnik Powsechny  en marzo de 1949.) 

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