Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

viernes, 29 de agosto de 2008

Solidarność 4


( continuación de las entradas 1, 2 y 3 )
-del capitulo “Solidarnosc” del libro de Norman Davies God`s Playground (A History of Poland, Vol II) Columbia University Press 2005-

La crisis estival se les había venido encima. Primero la corrida de huelgas dispersas parecía apuntar a la misma dirección que las anteriores de 1970 y 1976. Bien pronto resultaría evidente que esta vez los trabajadores no se dejarían embaucar. Cuando los huelguistas de Walesa en Gdansk rechazaron una solución favorable a sus propios reclamos aduciendo que no permitirían que compañeros trabajadores de otras partes fuesen engañados, había llegado el momento de la verdad. Y el monopolio del partido gobernante se encontraba sitiado por acciones mancomunadas a lo largo y ancho del país. El ánimo de los comunistas convencidos se derrumbó ante el slogan: trabajadores de todas las empresas uníos!

Ningún Partido Comunista había cedido jamás al principio que los trabajadores administrasen sus propios asuntos. Los breves ensayos de los llamados “trabajadores auto administrados” realizados en Yugoslavia y brevemente en Polonia después de 1956 en realidad nunca pudieron escapar al control del partido. Al mismo tiempo que clamaba sostener “la dictadura del proletariado” el bloque soviético seguía obedeciendo a la elite del partido impartiendo órdenes a los trabajadores y a todos los demás. Así que Walesa desafió el mito mas sagrado que apuntalaba no solamente a la Republica Popular de Polonia sino también a todos los demás miembros del imperio de Moscú.

Un apuesto vice primer ministro llegaba de Varsovia para entablar negociaciones. Mieczyslaw Jagielski quiso defenderse pero no pudo con sus adversarios proletarios. Finalmente se dio cuenta que estaba ante dos alternativas- o se llegaba a un acuerdo accediendo a las demandas de los huelguistas o se recurría a la fuerza para la cual el partido no estaba preparado.

El Acuerdo de Gdansk del 31 de agosto de 1980 contenía 21 puntos. Algunas de las cláusulas, como la reincorporación de los trabajadores despedidos, poseía mero valor local. Pero otras marcaban un giro drástico en el orden político existente. Porque Walesa no solamente insistió que esos nuevos sindicatos nacionales fuesen “independientes” y “autárquicos” sino que además se les garantizase el derecho de huelga, la libertad de expresión y el acceso de los medios. Insistió también en la inmunidad para él y sus colegas. Ya había sufrido la dura experiencia de los acostumbrados acuerdos con las autoridades del partido comunista que ante las disidencias vertían palabras y acuerdos tácticos sobre papel para después anularlos implementando medidas arbitrarias. Firmo el acuerdo en la esperanza que esta vez las concesiones, una vez otorgadas, serian imparables. Jagielski firmo, de acuerdo con el Politburo, asumiendo como de costumbre que las concesiones otorgadas por el Partido después podrían ser revocadas por el Partido.

Un joven observador ingles, con excepcional ayuda de colegas polacos quiso informar al mundo de lo acontecido y lo contaba de esta manera, en estilo espontáneo y propio:

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